Relato breve · Historias de amistad
El reencuentro
Por Sara Ibáñez
Teresa estaba en la cocina cuando el móvil vibró. Era un mensaje de alguien de quien no sabía nada desde hacía veintisiete años: «Hola, Tere. Soy Clara. ¿Te acuerdas de mí?».
- Uña y carne
Claro que se acordaba. Clara y ella habían sido inseparables desde los seis años, en su pueblo de Soria. Iban juntas al colegio y lo compartían todo: secretos, bocadillos e incluso la ropa. En el pueblo las llamaban «uña y carne». Cuando tenían dieciocho años, Clara se fue a estudiar a Barcelona sin despedirse. Teresa la esperó en la plaza toda una tarde, hasta que se hizo de noche. Nunca supo por qué. Durante años, cada vez que pasaba por la estación de autobuses, se acordaba de aquella tarde.
- El mensaje
Teresa leyó el mensaje tres veces antes de contestar. Estaba enfadada y, al mismo tiempo, muy nerviosa. Por fin escribió: «Me acuerdo de todo». La respuesta llegó enseguida: «Voy al pueblo el sábado. ¿Nos vemos en la plaza? Necesito explicarte algo antes de que sea demasiado tarde». Mientras esperaba el sábado, Teresa casi no pudo dormir.
- La plaza
El sábado Teresa llegó media hora antes. La plaza estaba igual: la fuente, el banco de piedra, el bar de la esquina. En cuanto vio a Clara, la reconoció: el mismo pelo rizado, la misma forma de caminar, ahora con algunas canas. Se dieron dos besos, un poco incómodas, y se sentaron en el banco de siempre.
- La carta
—Te dejé una carta —dijo Clara—. La metí en tu buzón la noche antes de irme. Mi padre había perdido el trabajo y nos fuimos de un día para otro. Después te llamé muchas veces, pero tu número ya no existía. Teresa se quedó en silencio. Aquella misma semana su familia se había mudado a un piso nuevo, en la otra punta del pueblo. La carta nunca llegó a sus manos.
- Veintisiete años
Las dos se miraron y, de repente, empezaron a reírse. Se rieron hasta que les dolió la tripa, y después lloraron un poco, también juntas. Hablaron de todo: de los hijos de Teresa, del divorcio de Clara, de sus padres, de la gente del pueblo. Clara le enseñó fotos de sus hijas y Teresa le contó que todavía guardaba la pulsera de colores que se regalaron a los doce años. Cuando el camarero vino a cerrar el bar, todavía tenían mil cosas que contarse.
- Una promesa
—Esta vez no te vas sin darme tu número —dijo Teresa. —Ni tú a mí el tuyo —contestó Clara—. Y cuando vuelva en Navidad, te invito a cenar. —Vale. Pero hasta que llegue la Navidad, me escribes todos los días. Clara se rio: —Todos los días, te lo prometo. Teresa volvió a casa caminando despacio. Por primera vez en veintisiete años, no tenía ninguna prisa por llegar.
