El Faro Digital · Economía
Lo que me aconsejaron (y lo que no hice): diario de una emprendedora
Por Nerea Gil, fundadora de La Huerta de Pura
Hace cinco años, Nerea Gil dejó su trabajo de administrativa en Zaragoza para hacer mermeladas con la fruta del huerto de su abuela. Hoy vende en más de cien tiendas. Aquí cuenta los consejos que recibió, los que siguió y los que, por suerte o por desgracia, no siguió.
- Un huerto y una receta
Cuando era pequeña, cada verano mi abuela Pura me pedía que la ayudara a pelar melocotones en la cocina del pueblo. Hacíamos mermelada para toda la familia y, aun así, la mitad de la fruta se perdía en el huerto. Muchos años después, sentada en una oficina, pensé que esa fruta y esa receta podían ser un negocio.
- El primer consejo: no lo hagas
Cuando lo conté en casa, nadie aplaudió. Mi madre me rogó que no dejara un trabajo fijo «por cuatro melocotones», y mi padre, más diplomático, me sugirió que esperara un par de años. Los entiendo: en mi familia nadie había tenido nunca una empresa. No les hice caso, pero tampoco fui una loca: puse en el negocio mis ahorros de seis años.
- El plan de empresa
En el banco me llevé el primer susto. El director me exigió que presentara un plan de empresa y que alguien me avalara el préstamo. Una asesora de la cámara de comercio me ayudó a escribirlo y me recomendó que empezara poco a poco: una cocina pequeña, pocos productos y nada de grandes inversiones. Al final conseguí veinte mil euros y una ayuda para emprendedoras del medio rural.
- Los papeles
Nadie te cuenta que montar un negocio es, sobre todo, rellenar papeles. Tuve que darme de alta como autónoma, pedir un registro sanitario y aprender qué era el IVA de verdad. La gestora del pueblo de al lado me aconsejó que guardara todas las facturas desde el primer día, aunque fueran de un euro. Fue el mejor consejo de todos.
- Los primeros clientes
El primer año vendí en mercados y ferias, de pueblo en pueblo. Un sábado, la dueña de una tienda gourmet de Zaragoza probó la mermelada de melocotón y me pidió que le llevara veinte frascos para probar. El lunes me llamó: se habían vendido todos. Fue la primera vez que pensé que aquello podía funcionar.
- Un error caro
El segundo año llegó la gran oportunidad, o eso creía yo. Un distribuidor quería vender mis mermeladas en supermercados de toda España, pero nos exigió que bajáramos los precios casi a la mitad. Acepté. Vendimos muchísimo y, sin embargo, ese año tuvimos pérdidas: con esos precios no ganábamos nada. Aprendí que el precio también cuenta una historia.
- La competencia
No puedo competir con las grandes marcas en precio, así que compito en otra cosa. Mis frascos llevan la fruta del pueblo, la receta de mi abuela y una etiqueta que cuenta de dónde viene cada producto. Muchos clientes me escriben para decirme que las mermeladas les recuerdan a su infancia. Eso no lo tiene ninguna fábrica.
- Cinco años después
Hoy La Huerta de Pura tiene seis trabajadoras, todas del pueblo, y vende en más de cien tiendas y en su tienda online. Tuvimos beneficios por primera vez el tercer año, y desde entonces hemos crecido despacio, sin préstamos nuevos. La escuela del pueblo, que estaba a punto de cerrar, tiene ahora tres alumnos más: los hijos de dos de mis trabajadoras.
- Si me pidieran un consejo
Si una amiga me pidiera consejo para montar un negocio, le recomendaría que hablara con otros emprendedores antes de empezar, que no tuviera miedo a equivocarse y que no vendiera nunca por debajo de lo que vale su trabajo. Y, sobre todo, que escuchara a su abuela. Mi madre, por cierto, ya no me pide que vuelva a la oficina: ahora es la que más frascos vende en las ferias.
