Revista Vivir Mejor · Testimonios
Lo dejé todo y me fui a vivir al campo
Por Marta Soler, periodista
Hace cinco años yo tenía la vida que muchos consideran perfecta: un buen sueldo, un piso en el centro de Barcelona y una agenda llena. Sin embargo, no era feliz. Hoy vivo en un pueblo de trescientos habitantes en el Matarraña, en Teruel, y no me arrepiento. Esta es mi historia.
- La vida en la ciudad
Llevaba quince años trabajando en un periódico. Me levantaba a las siete, pasaba el día escribiendo delante del ordenador y volvía a casa a las nueve de la noche. Comía cualquier cosa mirando la pantalla y dormía cinco o seis horas. Mis amigos me decían que trabajaba demasiado, pero yo no tenía tiempo ni para escucharlos.
- El día que todo cambió
Una mañana de febrero me mareé en el metro y terminé en urgencias. No era nada grave, pero el médico me dijo algo que no he olvidado: «Si sigues viviendo así, el próximo susto será peor». Esa noche no pude dormir y empecé a buscar casas en pueblos de toda España.
- La decisión
Tardé seis meses en decidirme. Mi familia pensaba que estaba loca y mis compañeros me decían que iba a volver en un mes. Al final dejé el periódico, vendí el coche y alquilé una casa de piedra con un huerto por lo mismo que pagaba por una plaza de garaje en Barcelona.
- Los primeros meses
Al principio no fue fácil. El primer invierno hizo un frío terrible y la chimenea era mi única calefacción. No sabía cultivar nada y mis primeras tomateras se murieron. Además, echaba de menos a mis amigos, los cines y los restaurantes. Varias veces, cuando llovía y estaba sola, pensé en volver.
- Mi vida ahora
Hoy llevo cinco años viviendo aquí y sigo aprendiendo cosas cada día. Trabajo desde casa como periodista independiente: escribo reportajes para varias revistas y gano menos, pero también gasto mucho menos. Desde que vivo en el pueblo, duermo ocho horas, como lo que cultivo y salgo a caminar por el monte todas las tardes. Hace años que no tomo pastillas para dormir.
- Lo que he dejado atrás
He dejado de comprar cosas que no necesito y ya no miro el móvil cada cinco minutos. En cambio, he vuelto a hacer cosas que hacía de niña: me paso las tardes leyendo novelas, pintando o charlando con los vecinos en la plaza. Teresa, mi vecina de ochenta años, me enseñó a hacer pan, y ahora lo hago yo todos los sábados.
- ¿Es para todo el mundo?
No, y no quiero idealizar el campo. Aquí el médico solo viene dos días a la semana, el autobús pasa dos veces al día y, si quieres ir al cine, tienes que conducir una hora. Si tu trabajo no se puede hacer a distancia, es muy difícil vivir aquí. Pero, para mí, ha sido la mejor decisión de mi vida. ¿Volver a la ciudad? De momento, no.
