El Faro Digital · Opinión
¿Somos más egoístas que nuestros abuelos?
Por Javier Oliva, sociólogo
Un sociólogo responde a la pregunta que más le hacen en sus charlas: si la sociedad de hoy es menos solidaria que la de hace cincuenta años. Su respuesta no es la que muchos esperan.
- Una pregunta incómoda
Cada vez que doy una charla, alguien me hace la misma pregunta: ¿somos más egoístas que nuestros abuelos? Es una pregunta cuya respuesta parece fácil: sí, vivimos pegados a las pantallas, no conocemos a los vecinos y solo pensamos en nosotros mismos. Sin embargo, la realidad es más complicada, lo cual no significa que todo vaya bien.
- El pueblo de mis abuelos
Mis abuelos vivían en un pueblo de Soria en el cual todos se conocían. Cuando alguien se ponía enfermo, las vecinas le llevaban la comida; cuando había que recoger la cosecha, ayudaba todo el pueblo. Era una solidaridad admirable, pero también una solidaridad cuyo origen era la necesidad: sin los demás, nadie salía adelante.
- La ciudad y el anonimato
Hoy la mayoría vivimos en ciudades, en edificios cuyos vecinos a veces no saben ni nuestro nombre. El anonimato tiene ventajas, porque nadie se mete en tu vida, pero también tiene un precio: la soledad no deseada, de la cual se habla cada vez más, afecta sobre todo a las personas mayores que viven solas. Hay ancianos que pasan días enteros sin hablar con nadie, a pocos metros de decenas de vecinos.
- Nuevas formas de ayudar
Y, sin embargo, nunca ha habido tantas formas de ayudar. Mucha gente dedica parte de su tiempo libre al voluntariado, colabora con una ONG o dona sangre. Durante la pandemia, en muchos barrios aparecieron redes de vecinos gracias a las cuales nadie se quedó sin comida ni sin medicinas. Jóvenes que nunca habían saludado a sus vecinos empezaron a hacerles la compra, lo cual demuestra que la solidaridad no había desaparecido: solo estaba dormida.
- Los jóvenes, ¿egoístas?
Se dice a menudo que los jóvenes son egoístas, lo cual me parece injusto. Muchos jóvenes participan en causas cuyo objetivo es cambiar las cosas: el medio ambiente, la igualdad, los derechos de los animales. Su compromiso es distinto al de sus abuelos, pero no es menor.
- Lo que hemos ganado
También hemos ganado en tolerancia. La sociedad española de hoy es mucho más diversa que la de hace cincuenta años, y la discriminación por el origen o por el sexo está mucho peor vista. Hay leyes que la prohíben, lo cual habría sido impensable en la época de mis abuelos.
- Lo que hemos perdido
Lo que sí hemos perdido es tiempo. Trabajamos muchas horas, la conciliación sigue siendo difícil y las prisas no dejan espacio para los demás. Muchas veces queremos ayudar, pero no sabemos cómo ni cuándo. Y cuando por fin tenemos un rato libre, preferimos descansar, lo que también es comprensible.
- Iniciativas que funcionan
Por eso me interesan tanto las iniciativas pequeñas: los bancos de tiempo, en los cuales una hora de ayuda vale lo mismo para todos; los programas en los que estudiantes y mayores comparten piso; las fiestas de vecinos, cuyo único objetivo es conocerse. No cambian el mundo, pero cambian un edificio, una calle o un barrio. Y tienen una ventaja enorme: no exigen grandes sacrificios, solo un poco de tiempo y ganas de conocer al de al lado.
- Mi respuesta
Así que, cuando me preguntan si somos más egoístas que nuestros abuelos, respondo que no: somos distintos. Nuestros abuelos ayudaban porque no tenían otra opción; nosotros podemos elegir, lo cual es una suerte y también una responsabilidad. La solidaridad ya no depende de la necesidad, sino de nuestra voluntad.
