El Faro Digital · Relato
El último cuadro
Un cuento de Elena Robles
Elena Robles escribe cada mes un relato breve para El Faro Digital. Este mes cuenta la historia de un pintor que nunca enseñó sus cuadros y del cuadro que lo cambió todo.
- La buhardilla
Mi abuelo Tomás pintaba en una buhardilla llena de luz, en la casa del pueblo, en La Mancha. Durante cuarenta años fue maestro de escuela, pero lo que de verdad le importaba era la pintura. Cada tarde, al volver del colegio, se ponía a pintar y no bajaba hasta que se iba la luz.
- Un pintor sin público
Nunca vendió un cuadro. Tenía pintados más de trescientos, apilados contra las paredes, pero se negaba a enseñarlos. «Son para mí», decía, y cambiaba de tema. Mi abuela venía diciéndole desde hacía años que los llevara a una galería de Madrid, pero él ni siquiera la escuchaba. Decía que un cuadro vendido era como una carta abierta por un desconocido, y que sus cartas eran solo para la familia.
- Las tardes de verano
Yo, su única nieta, pasaba los veranos con ellos. Me sentaba en un taburete y lo miraba trabajar en silencio durante horas. A veces me dejaba mezclar los colores. Una tarde me manché la cara de azul y él se echó a reír con tantas ganas que mi abuela subió las escaleras para ver qué pasaba.
- La vista
Con los años, mi abuelo fue perdiendo la vista. Primero confundía el verde con el azul; después dejó de pintar con luz artificial. Andaba por la casa buscando las gafas que llevaba puestas, y nosotros fingíamos no darnos cuenta. Él tampoco hablaba del tema.
- El cuadro tapado
Un invierno, cuando ya casi no veía, se puso a pintar un cuadro enorme. No permitía que nadie lo mirara: lo tapaba con una sábana cada vez que alguien subía a la buhardilla. Mi madre estaba preocupada; pensaba que mi abuelo estaba triste y que pintaba para no pensar. Yo, en cambio, lo oía silbar desde la escalera, y nunca lo había oído silbar mientras trabajaba.
- Diez horas seguidas
Trabajó en él todo el invierno. Mi madre le pedía que descansara, pero él seguía pintando, cada vez más despacio, con la nariz casi pegada al lienzo. Llegó a pasar diez horas seguidas en la buhardilla, sin comer, mientras abajo mi abuela escuchaba la radio y suspiraba.
- La sorpresa
El día del cumpleaños de mi abuela nos llamó a todos a la buhardilla y quitó la sábana. Mi abuela rompió a llorar. Era ella, sentada en el banco de la plaza, con veinte años y el vestido amarillo del día en que se conocieron. Mi abuelo la había pintado de memoria, casi a ciegas.
- La exposición
Esa noche, durante la cena, mi abuela volvió a pedirle que enseñara sus cuadros, y esta vez él no cambió de tema. Al final, ella acabó convenciéndolo. En otoño, el ayuntamiento organizó una exposición en la casa de cultura, y medio pueblo hizo cola para ver los cuadros del maestro. Antiguos alumnos suyos, ya con canas, se reconocían en los retratos de la escuela y se abrazaban delante de las paredes. El último cuadro no estaba a la venta.
- Una segunda vida
Hoy el último cuadro está en mi salón. Cada vez que lo miro, pienso en aquellas tardes de silencio en la buhardilla. Mi abuelo me enseñó que el arte no necesita público para tener sentido. Mi abuela, que a veces el público le da una segunda vida. Creo que los dos tenían razón, y que por eso se quisieron tanto.
