El Faro Digital · Relato
Si no hubiera perdido aquel tren
Por Inés Calvo, escritora
Un relato sobre las casualidades de la vida, las decisiones que tomamos en un minuto y las vidas que pudimos vivir y no vivimos. La autora lo escribió después de perder ella misma un tren en Atocha, hace muchos años.
- Las siete y media
Aquella mañana de marzo de 2004, Julia llegó a la estación de Atocha a las siete y treinta y dos. El tren a Sevilla había salido dos minutos antes. Si el metro no se hubiera parado entre dos estaciones, habría llegado a tiempo. Si no se hubiera quedado dormida, tampoco habría tenido que correr. Pero el tren ya no estaba, y con él se iba la entrevista más importante de su vida: un puesto en una editorial de Sevilla con el que llevaba meses soñando.
- El café de la estación
Furiosa, se sentó en el café del vestíbulo. En la mesa de al lado, un señor mayor con un sombrero gris leía el periódico. «¿También ha perdido el suyo?», le preguntó él, sonriendo. Se llamaba Andrés, había sido maestro en un pueblo de Teruel y había perdido el tren de Zaragoza por culpa de una maleta que no cerraba. «A mi edad —dijo—, perder un tren ya no es una tragedia. Es una oportunidad para tomar otro café».
- Las vidas que no vivimos
Hablaron casi dos horas. Andrés le contó que de joven había querido ser pintor. «Si hubiera tenido valor, me habría ido a París. Quizás ahora sería un pintor famoso… o un pintor muerto de hambre», bromeó. «¿Se arrepiente?», le preguntó Julia. Él se quedó pensando. «De lo que no hice, a veces. De lo que hice, nunca. Si me hubiera ido, no habría conocido a mi mujer ni habría enseñado a leer a doscientos niños. Cada tren que pierdes te lleva a otra estación».
- Otro billete
Cuando Andrés se fue, Julia miró el billete nuevo que había comprado para la tarde. Pensó en la editorial de Sevilla, en el sueldo, en lo que diría su madre. Y pensó también en la librería de viejo de su barrio, la que su tío quería traspasar y que ella siempre había mirado con envidia. «Si fuera valiente, me quedaría», pensó. Rompió el billete en cuatro trozos y salió a la calle.
- Veinte años después
Hoy Julia tiene una librería pequeña en Lavapiés, con una mesa al fondo donde los vecinos toman café y hablan de libros. No se hizo rica, pero nunca le ha faltado de nada. A veces, cuando cierra, se pregunta cómo habría sido su vida en Sevilla: si se habría casado con otra persona, si ahora viviría junto al Guadalquivir, si sería más feliz o menos. No lo sabe, y ya no le preocupa.
- El sombrero gris
Lo que sí lamenta es no haberle pedido a Andrés su dirección. Ojalá le hubiera escrito una carta para contarle lo de la librería. Durante años buscó un sombrero gris entre los clientes. Un día de invierno entró un señor muy mayor, con bastón, y pidió un libro de pintura francesa. Julia no se atrevió a preguntarle nada. Pero le regaló el libro, y él, al salir, se tocó el sombrero y sonrió.
- Final
De haberlo sabido aquella mañana, Julia no habría corrido tanto por los pasillos del metro. A veces, perder un tren es la mejor manera de llegar a tiempo.
