El Faro Digital · Humor
Manual de supervivencia para el grupo de WhatsApp del colegio
Por Pepe Lozano
Pepe Lozano escribe cada domingo una columna de humor en El Faro Digital. Esta semana habla de algo que conocen bien muchas familias de España: el grupo de WhatsApp de la clase.
- El grupo
Hace tres años, el primer día de colegio de mi hija, una madre muy simpática me pidió el móvil «para un grupito de nada, solo para cosas importantes». Hoy ese grupito tiene cuarenta y dos miembros, ocho mil mensajes y más dramas que una telenovela. Si usted tiene hijos, sabe de qué le hablo. Si no los tiene, siga leyendo: esto es mejor que una serie.
- La hora punta
El grupo duerme durante el día y se despierta a las once de la noche. Es entonces cuando alguien escribe: «Perdón por la hora, ¿mañana hay que llevar algo?». En cinco minutos responden treinta personas. Tres dicen que una pera, dos que un plátano, y una madre muy organizada manda una foto borrosa de la agenda. Vamos, que nadie sabe nada, pero todos opinan.
- Los audios
Luego están los audios. Hay un padre, Fernando, que no escribe nunca: manda audios de cuatro minutos. Empiezan siempre igual: «Buenas, a ver, una cosita…». La cosita dura lo que un capítulo de una serie. Al final, cuando por fin dice lo que quiere, resulta que era un mensajito para preguntar si la excursión es el jueves o el viernes.
- El regalo de la profe
En junio llega el gran momento: el regalo de la profesora. Alguien propone un bolso; otro, una planta; otro, un vale para un spa. Se abre un debate más largo que los del Congreso de los Diputados. Después de ciento veinte mensajes y dos votaciones, compramos una planta. La profe, por cierto, ya tiene treinta plantas en casa, todas regaladas por nosotros.
- El notición
De vez en cuando aparece un notición: «¡Han visto piojos en tercero A!». Pánico total. En diez segundos, el grupo se llena de fotos de champús, remedios de la abuela y consejos de expertos que no lo son. O sea, que al día siguiente media clase va al colegio oliendo a vinagre.
- Los que nunca escriben
Y luego estamos los silenciosos, los que leemos todo y no escribimos nada. Es que no nos atrevemos: sabemos que, en cuanto opinemos, nos nombrarán responsables de algo. Yo cometí ese error una vez. Dije que podía echar una mano con la fiesta de fin de curso y acabé comprando cuarenta botellas de agua un sábado a las ocho de la mañana.
- El mensaje equivocado
El momento más temido es el del mensaje equivocado. El año pasado, una madre quiso escribirle a su marido «Qué rollo de reunión, me quiero ir a casa» y lo mandó al grupo de las familias, en plena reunión con la directora. Hubo uno de esos silencios que se oyen. Ella dijo después que se había quedado de piedra. Yo creo que la directora también.
- Mi momento de paz
He intentado salirme del grupo. No se puede. Si te sales, el móvil avisa a todos de que «Pepe ha salido del grupo», y eso es como dar un portazo en una reunión de vecinos. Así que lo he silenciado. Ahora miro los mensajes una vez al día, con un cafecito, y me río un ratito. Es mi momentito de paz.
- Bromas aparte
Bromas aparte, tengo que reconocerlo: cuando mi hija se puso enferma el invierno pasado, fueron esas mismas madres y esos mismos padres quienes me mandaron los deberes, se ofrecieron a recogerla y me preguntaron cada día cómo estaba. Vamos, que el grupo es un poco pesado, pero es nuestro. Y ahora, si me disculpan, tengo cuarenta y tres mensajes sin leer.
